jueves, 11 de octubre de 2007

El origen de un relato: escoger una idea

El origen de cada relato está en las múltiples ideas que te asaltan a cada momento. En realidad, el relato se origina cuando escoges una de esas ideas y la sigues sin permitir que las otras te distraigan. ¿Por qué la eliges? Tu inconsciente puede darte la respuesta. Es una necesidad de darle forma a esa historia más que a ninguna otra. En ese origen reside también el modo en que debería ser contada, y al que básicamente debes prestar atención.

Llegar al relato

El proceso que te conduce a la escritura de un relato puede ser el siguiente:

Una imagen te impresiona. Te preguntas por qué te impresiona. Una vez que encuentras las razones, inventas un argumento. Entonces, una vez que cuentas con la historia completa, te pones a imaginar sin apuro.

O puede que sea al revés. Una imagen te impresiona. A partir de esa impresión te pones a escribir sin saber bien hacia dónde vas. La historia se concreta durante el proceso.

Ambos caminos son válidos. Javier Marías habla de escritores con mapa, en el primer caso, y con brújula, en el segundo.

Pero en ambos, lo coincidente es:

• Prescindir de exigencias ajenas.
• Resolver qué personajes pueden protagonizar el relato y averiguar cómo son en sus detalles más importantes.
• Suprimir los datos irrelevantes.

En suma, un relato exige la armonía de los elementos que lo componen y una especial capacidad para captar el detalle, transformar una anécdota, aprovechar una situación emotiva.

Una vez que nace hay que sostenerlo, hacerse conjeturas con respecto a lo que puede pasar sin manipular los hechos.

¿De dónde surge ese mundo en el que se implica el lector, tan bien amueblado como el real, triste, alegre, conmovedor, que no puedes dejar hasta que encuentras el desenlace, ese mundo que te hace sentir orgulloso cuando consigues desvelar el destino de tu personaje implicado y el sentido de tu imperiosa necesidad de otorgarle una lucha, una búsqueda, una corporeidad?

Fuente: Escribir un relato, Silvia Adela Kohan

Los elementos de un relato

La redundancia, necesaria para dar continuidad a nuestros relatos

El relato corto posee una única idea implícita o explícita —a lo sumo dos—, que se refuerza de forma secuencial. ¿Cómo? Con la inclusión de aspectos ya conocidos, pero que, cada una o dos frases, intercalan datos aún desconocidos.

Así, el secreto de un buen texto narrativo está en el artificio de repetir y repetir. El oficio del que relata consiste, por tanto, en fijar la atención del lector con reiteraciones invisibles y el interés con acciones o situaciones novedosas. Estas repeticiones deben evitar la duplicidad de palabras y buscar, en cambio, la redundancia de ideas.

Existen muchos trucos para camuflar estas argucias en nuestros escritos. Uno de ellos consiste en utilizar, una y otra vez, campos de significados afines . El objetivo de estas redundancias invisibles es conseguir continuidad en nuestros textos, desde el comienzo hasta la resolución de la historia.

Las dos ideas sobre las que pivota "La Noche de los feos", relato de Mario Benedetti, son la fealdad y la soledad de los dos protagonistas. Benedetti repite, insiste e incide en estos dos conceptos, que forman la causa y la consecuencia del cuento:

"Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia".

(...) "Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera".

(...) "Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía, pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola, todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos —de la mano o del brazo— tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas".

Fuente: Mario Benedetti, "De la muerte y otras sorpresas" (Siglo XXI, Madrid, 1982, 18ª Edición).

miércoles, 10 de octubre de 2007

Ítalo Calvino y el poder de la descripción

Ítalo Calvino (1923-1985), italiano, es un autor que consiguió innovar en literatura. Desde obras como “El vizconde demediado”, “El barón rampante” y “El caballero inexistente”, que utiliza la alegoría, hasta novelas como “Las ciudades invisibles” y “Si una noche de invierno un viajero”, obras en las que mezcla la fantasía, la curiosidad científica, las técnicas literarias y la especulación metafísica.

De su peculiar novela, Si una noche de invierno un viajero”, rescato la siguiente descripción, una auténtica joya que revoluciona este concepto.

“La cocina es la parte de la casa que más cosas de ti puede decir: si guisas o no (se diría que si, si no todos los días, con bastante regularidad ), si para ti sola o también para otros (a menudo para ti sola pero esmeradamente como si lo hicieras también para otros: y a veces también para otros pero con desenvoltura como si lo hicieras para ti sola), si tiendes a lo mínimo indispensable o a la gastronomía (tus compras y utensilios hacen pensar en recetas elaboradas y caprichosas, al menos en intención; nadie dice que seas glotona, pero la idea de cenar dos huevos al plato podría llenarte de tristeza), si estar ante el fogón representa para ti una penosa necesidad o un placer (la minúscula cocina está equipada y dispuesta de forma que le puedes mover de manera práctica y sin demasiado esfuerzo, tratando de no entretenerte demasiado pero también de no estar aquí a regañadientes). Los electrodomésticos están en su sitio de útiles animales cuyos méritos no pueden ser olvidados, aunque sin tributarles un culto especial. Entre los utensilios se nota cierto esteticismo (una panoplia de medias cuñas de tamaño decreciente, cuando bastaría una), pero en general los objetos decorativos son también objetos útiles, con pocas concesiones a lo gracioso.
Son las provisiones las que pueden decirnos algo de ti: un surtido de hierbas aromáticas, algunas de uso corriente, claro, otras que parecen estar allí para completar una colección; lo mismo puede decirse de las mostazas: pero sobre todo las ristras de ajos colgadas al alcance de la mano indican una relación con los alimentos nada distraída y genérica.
Un vistazo a la nevera puede permitirnos recoger otros datos valiosos: en las bandejas portahuevos ha quedado un solo huevo; limones hay sólo medio, y medio seco: en resumen, se nota cierto descuido en los abastecimientos esenciales, En compensación hay crema de castañas, aceitunas negras, un vasito de salsifí o escorzonera: está claro que al hacer la compra te dejas atraer por los géneros que ves expuestos, en vez de tener en la cabeza lo que falla en casa.
Observando tu cocina se puede pues deducir una imagen de ti como mujer extravertida y lúcida, sensual y metódica, que pone el sentido práctico al servicio de la fantasía.
¿Alguien podría enamorarse de ti sólo con ver tu cocina?”

jueves, 4 de octubre de 2007

Fragmentos de “Zen en el arte de escribir”, de Ray Bradbury

Ray Bradbury (EEUU, 1920) es un escritor peculiar, de una asombrosa capacidad imaginativa y un gran amor por el arte de escribir.

Zen in the Art of Writing es una recopilación de ensayos y conferencias que el autor ha ido dando en varios años. Habla de la escritura en forma de consejos prácticos ilustrados por su experiencia personal. Ha abordado casi todos los géneros: narrativa, ensayo, teatro, poesía, guiones de cine, radio y TV. Por lo que lo que tiene que decir es mucho y vale la pena.

He aquí unos pocos fragmentos de su Zen:

…Sabemos cuán fresco y original es cada hombre, incluso el más lento o insípido. Si le llegamos con corrección, lo llevamos en la conversación y le damos su cabeza, y más tarde una última palabra, ¿Qué es lo que quieres? (o si el hombre es muy viejo, ¿Qué es lo que quisiste?) todo hombre hablará su sueño. Y cuando un hombre habla desde el corazón, en su momento de la verdad, hablará poesía…P.34

…Para alimentar a tu Musa, entonces, debes haber estado siempre hambriento acerca de la vida desde que eras niño…P.42

…Un hombre bien alimentado guarda y calmadamente brinda su porción infinitesimal de eternidad. Ésta suena grande en la noche del verano. Y lo es, como lo ha sido siempre a través de las eras, cuando ha habido un hombre con algo que decir, y otros, quietos y sabios, que escuchen…P.45 [lo de bien alimentado se refiere a su musa]

…¿Y qué, preguntas, nos enseña la escritura?
Primero y principal, nos recuerda que estamos vivos y que eso es un obsequio y un privilegio, no un derecho. Que debemos merecer la vida una vez que nos han premiado con ella. La vida pide por recompensas de vuelta porque nos ha favorecido con animación.
Así que mientras nuestro arte no puede, como desearíamos que pudiera, salvarnos de guerras, privaciones, envidia, codicia, vejez, o muerte, nos puede revitalizar en medio de todas ellas.
Segundo, escribir es sobrevivencia. Cualquier arte, cualquier buen trabajo, por supuesto, es eso.
No escribir, para muchos de nosotros, es morir.
Debemos tomar las armas cada uno y todos los días, quizás sabiendo que la batalla no podrá ser ganada enteramente, pero pelear nosotros debemos, así sea sólo un gentil combate. El más pequeño esfuerzo por ganar significa, al final de cada día, una suerte de victoria. Recuerda al pianista quien dijo que si no practicaba cada día él sabría, si no practicaba por dos días, los críticos sabrían, y después de tres días, la audiencia lo sabría.
Una variación de esto es verdad para los escritores. No es que tu estilo, cualquiera que sea, se derretirá fuera de forma en esos pocos días.
Pero lo que podría pasar es que el mundo te alcance y trate de enfermarte. Si no escribes todos los días, los venenos se acumularán y comenzarás a morir, o actuar como loco o ambos.
Debes quedarte intoxicado en escritura de manera que la realidad no te destruya.
Ya que escribir permite justo las recetas apropiadas de verdad, vida, realidad que te son permitidas comer, beber, y digerir sin hiperventilar y caer como un pescado muerto en tu cama…
Prefacio. P. XIII