martes, 20 de octubre de 2009

Quemar etapas, Isidre Grau

Escribir es una fantasía que prácticamente todo el mundo ha acariciado en un momento u otro de su vida. Sólo que, en la mayoría de los casos, ha quedado en eso, en una fantasía de paso. Tal vez es una suerte, porque no se trata de una empresa inmediata ni de resultados garantizados. En la práctica, pasar de la escritura ocasional a convertirla en una pauta de vida es el fruto de profundas motivaciones, a menudo determinadas por el azar o por coyunturas favorables. Para salir bien parado, eso sí, como mínimo se debe contar con una buen predisposición por el lenguaje creativo, una relación inteligente con el mundo, un mapa de conocimientos y una actitud/aptitud mental que sintonice con los valores genuinos de la literatura.

No se trata de magnificar la literatura, ni de rodearla de un halo de misterio sólo descifrable por los iniciados. Basta con no olvidar la condición artística, y, por tanto, ser conscientes del peaje vital que reclama adquirir sus recursos. Si, además, se tiene en cuenta su carácter absorvente y la escasa compatibilidad con las aspiraciones de un ciudadano estándard, uno haría bien en valorar si se embarca en esta aventura.

Dejando al margen los tratos personales con la palabra escrita, las ganas de escribir suelen atacar la más recóndita intimidad como un licor dulce, voluptuoso, aunque ya se adivinen algunos sabores ásperos o ingredientes de difícil digestión. Hasta que después de una convivencia más o menos larga notamos que la adición es irreversible y que haríamos mejor en rendirnos y aprender a sacar un partido positivo.

Entonces ya no habrá suficiente con ser un virtuoso de las crónicas de vacaciones, de las que entusiasmaban a los amigos, ni de escribir textos para los compañeros de despacho; los diarios privados también se nos quedarán cortos, aunque sean una terapia contra el desamor o entretenimientos para las tardes de domingo. Y es que, quizás, poco a poco, la lectura de buenas páginas de la literatura universal nos habrá hecho comprender que comunicarnos con palabras precisas, imaginativas y adecuadas, es uno de los poderes más fascinantes de la creatividad humana y puede tener unas repercusiones insólitas, que no tienen nada que ver con las limitaciones de la comunicación diaria.

El paso siguiente suele consistir en hacerse con una historia que no sea una autobiografía enmascarada, o, como mínimo, que no lo parezca. Es el momento de llevarla en la cabeza, pasearla por el metro, tomar notas, capturar frases sugerentes o anécdotas jugosas que se relacionen bien. Y si la idea de escribir una novela todavía inspira respeto, puede que sea el momento de asegurarnos munición de refuerzo, como manuales de escritura creativa, reflexiones sobre la literatura moderna, cursos literarios, biografías de escritores de renombre o cualquier otro recurso que ayude a tocar con los pies en el suelo en el terreno literario. Que viene a ser lo mismo que desmitificarlo de las exageraciones que se dicen desde fuera.

De este primer contacto con la tradición, se suele obtener una pérdida de inocencia y una serie de reflexiones personales para clarificar las ideas, escoger el argumento, la combinación de puntos de vista, los saltos temporales, la ambientación de la época, los registros lingüísticos o los recursos de estilo. Hasta que, saturados de teoría, pasamos a elaborar un texto con todas las letras (...)

Si haberlo previsto, la papelera se llena de folios arrugados. (...) Donde antes todo eran ideas claras, materia luminosa, de golpe aparecen agujeros negros, vacíos de información, cartas que no ligan y verdades que no convencen. La crisis se nos presenta como un desierto árido, difícil de atravesar, porque en el horizonte no se divisa ni un miserable oasis. Introducir un cambio de punto de vista no resolvería nada, alterar la estructura no pasaría de ser un experimento aleatorio. (...)

La duda de estar perdiendo o no el tiempo es inevitable. Pero en la capacidad de saber convivir con las adversidades, sin dejarse contaminar los propósitos, radica la prueba de fuego del escritor, la confirmación espartana de su vocación. Porque las superaciones no acostumbran a ser mágicas, sino que llegan por el camino de la perseverancia y la experimentación, en un etern movimiento de tensión y distensión. (...)

La madurez del texto se obtiene poco a poco, tras muchos borradores y una cierta cura de orgullo, compensada con el descubrimiento de nuestras propias caras ocultas. Porque a menudo es necesario dejar de lado ese yo extraño, desnaturalizado, al que habíamos encargado que escribiera por nosotros. Una entelequia inoperante, falseada, que sólo sirve de máscara para no permitir que escriba el yo profundo. (...) Porque quien escribe no puede ser esencialmente distinto de quien protagoniza la vida diaria, sino que más bien han de ser una única persona con capacidad de decidir qué parte del yo compromete en cada historia y qué parte deja para otra ocasión. Entonces es cuando se acaba comprendiendo que, más que una manera de hacer, escribir es una manera de ser.

El éxito todavía no está asegurado. De hecho, nunca lo estará, ni aún después de haber triunfado en proyectos anteriores. Porque puede ocurrir perfectamente que aquello que damos por bueno, con el permiso del juez interior, no convenza a los lectores de confianza, aquellos que hayamos escogido como jueces fiables. “Le falta alma”, suele ser el dictamen más terrible, desmotivador, cuando creemos haber puesto lo mejor de nosotros mismos.

¿Quién ha asesinado el alma? Tal vez haber prestado más atención a las cuestiones de forma que al espíritu de fondo. O quién sabe si es la obediencia ciega en los dogmas aprendidos lo que ha arruinado la singular forma de belleza que requería el tema.

Pero quien ha mordido el anzuelo de la escritura sabrá encontrar la sinceridad necesaria para convenver. Y acabará la novela o el relato. Y cuando se plantee la mejor forma de publicar, descubrirá otro orden de dificultades que no tienen nada que ver con la creación. Pero si ha resuelto su proceso y ha quemada bien las etapas, se sentirá por dentro armado de otra convinción, la de haber ingresado en un mundo duro, fascinante, absorvente, irrenunciable.

Isidre Grau, “La maleta del escritor”
Copyright 2005, Random House Mondadori

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