jueves, 14 de noviembre de 2013

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martes, 17 de septiembre de 2013

Ocho consejos para escribir una gran historia, de Kurt Vonnegut

1. Piensa en el tiempo del lector

El lector es un total desconocido para ti, pero piensa en él o ella de manera que, al terminar de leerte, no sienta que le has hecho perder el tiempo.

2. Piensa en la empatía del lector

Dale al lector al menos un personaje con el que él o ella se pueda identificar.

3. Dale una meta a cada personaje

Todo personaje debe querer algo, aunque sea solamente un vaso de agua.

4. Cuida cada frase

Todas las frases del texto deben cumplir al menos una de estas premisas (sino las dos): definir al un personaje o hacer avanzar la acción.

5. Ve al grano

Empieza a contar la historia tan cerca del final como sea posible.

6. Sé un sádico

No importa lo dulces e inocentes que sean tus protagonistas. Haz que les ocurran cosas horribles con el fin de que el lector pueda ver de qué están hechos en realidad.

7. No quieras complacer a todo el mundo

Escribe para complacer a una sola persona. Si abres una ventana y pretendes hacer el amor con todo el mundo, por decirlo de alguna forma, tu historia pillará una pulmonía.

8. Cuéntalo todo en cuanto puedas

Dale a tus lectores tanta información como sea posible tan pronto como sea posible. Al cuerno con el suspense. Los lectores deben tener el entendimiento completo de lo que está ocurriendo, dónde y por qué, de manera que terminen la historia por sí mismos, devorando como cucarachas hasta la última página.

Fuente: Literautas

sábado, 13 de julio de 2013

Reflexión sobre la escritura, Truman Capote

CAPOTE, Truman, Prefacio de Música para camaleones, RBA Editores, Barcelona, 1994, pág. 5.

Mi vida – como artista, por lo menos – puede ser proyectada en un gráfico con la misma precisión que una fiebre, registrándose altos y bajos, ciclos específicamente definidos.
Comencé a escribir a los ocho años, inesperadamente, sin la inspiración de un modelo. No conocía a nadie que escribiera. En realidad, apenas si conocía a alguien que leyera. El hecho era que sólo cuatro cosas me interesaban: leer, ir al cine, zapatear y dibujar. Luego, un día, empecé a escribir, sin saber que me había encadenado, de por vida, a un amo noble pero despiadado. Cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo, y éste sólo tiene por finalidad la autoflagelación.
Pero, naturalmente, yo no lo sabía. Yo escribía historias de aventuras, novelas policiales, escenas cómicas, cuentos que me había narrado ex esclavos y veteranos de la Guerra Civil. Me divertía muchísimo, al principio. Dejé de divertirme cuando descubrí la diferencia entre escribir bien y mal, y luego hice un descubrimiento más alarmante aún: la diferencia entre escribir bien y el verdadero arte. Una diferencia sutil, pero feroz. Después de eso, cayó el látigo.
Así como algunas personas practicaban el piano o el violín cuatro y cinco horas diarias, yo practicaba con mis lapiceras y papeles. Sin embargo, no mostraba a nadie lo que hacía. Si alguien me preguntaba en qué estaba ocupado todo ese tiempo, les decía que con mis tareas escolares. En realidad, nunca hacía tareas escolares. Las literarias me mantenían totalmente ocupado: se trataba de mi aprendizaje en el altar de la técnica, del oficio, de las endiabladas complicaciones de la división en párrafos, la puntuación, el empleo del diálogo, para no mencionar el gran diseño total, el gran arco que exige comienzo, medio y final. Había que aprender, y de tantas fuentes: no sólo de los libros, sino de la música, de la pintura, de la mera observación cotidiana.
En realidad, lo más interesante que escribí en ese tiempo fueron las simples observaciones cotidianas que asentaba en mi diario. Descripciones de un vecino. Largas transcripciones literales de conversaciones oídas. Chismes locales. Un tipo de reportaje, un estilo de “ver” y “oir” que más adelante influiría seriamente en mí, aunque entonces no me daba cuenta, pues todo lo “formal” que escribía, lo que pulía y pasaba cuidadosamente a máquina, era más o menos ficticio.
Ya a los diecisiete años era un escritor consumado. De ser pianista, ese hubiera sido el momento propicio para el primer concierto en público. Siendo escritor, decidí que era el momento de publicar. Envié cuentos a las principales publicaciones literarias y a las revistas de distribución nacional, que en aquellos días publicaban los cuentos de mayor “calidad”, como Story, The New Yorker, Harper’s Bazaar, Mademoiselle, Harper’s, Atlantic Monthly. Mis cuentos aparecieron, puntualmente, en las mismas.
Luego, en 1948, publiqué una novela: Otras voces, otros ámbitos. Fue bien recibida por la crítica y resultó un best seller.  [...] Una novela corta, Desayuno en Tiffany’s, concluyó el segundo ciclo en 1958. Durante diez años experimenté con casi todos los estilos y formas literarios, intentando dominar una variedad de técnicas, lograr un virtuosismo tan fuerte y flexible como la red de un pescador. Por supuesto, fracasé en varias de las áreas que ensayé, pero es verdad que uno aprende más del fracaso que del éxito. Así fue en mi caso, y más adelante pude aplicar con gran provecho lo que aprendí. De todos modos, durante esa década de exploración escribí colecciones de cuentos cortos (Un árbol nocturno, Recuerdo de Navidad), ensayos y retratos (Color local, Observaciones, la obra contenida en Los perros ladran), obras de teatro (El arpa de hierba, Casa de flores), libretos para películas (Beat the Devil, The Innocents), y una enormidad de reportajes, la mayoría para The New Yorker. [...] 
Se oyen las musas recibió críticas excelentes; incluso fue elogiada por medios generalmente poco benévolos conmigo. Aun así, no llamó especialmente la atención, y las ventas fueron moderadas. Sin embargo, el libro fue un acontecimiento importante para mí: mientras lo escribía, me di cuenta de que podría haber hallado solución a lo que siempre había sido mi mayor dilema creativo.
Desde hacía muchos años me sentía atraído hacia el periodismo como una forma de arte en sí mismo, por dos razones: primero, porque me parecía que nada verdaderamente innovador se había producido en la prosa, o en la literatura en general, desde la década de 1920, y segundo porque el periodismo como arte era casi terreno virgen, por la sencilla razón de que muy pocos escritores se dedicaban al periodismo y, cuando lo hacían, escribían ensayos de viaje o autobiografías. Se oyen las musas me hizo pensar de una manera totalmente distinta. Yo quería escribir una novela periodística, algo en mayor escala que tuviera la verosimilitud de los hechos reales, la cualidad de inmediato de una película cinematográfica, la profundidad y libertad de la prosa y la precisión de la poesía.
Sólo en 1959 un misterioso instinto dirigió mis pasos hacia el tema –un oscuro caso de asesinato en una región aislada de Kansas- y finalmente, en 1996, pude publicar el resultado: A sangre fría.
En un cuento de Henry James, creo que The Middle Years, el protagonista, que es un escritor en las sombras de la madurez, se lamenta: “Vivimos en la oscuridad, hacemos lo que podemos; el resto es la locura del arte”. Dice esto, más o menos. De todos modos, James habla con toda franqueza, nos dice la verdad. Lo más oscuro de la oscuridad, lo peor de la locura, es el inexorable riesgo que entraña. Los escritores, al menos los que están dispuestos a correr verdaderos riesgos, los que se aventuran a todo, tienen mucho en común con otra raza de solitarios: los que se ganan la vida jugando al billar y a los naipes. Muchos pensaron que estaba loco al pasar seis años recorriendo las llanuras de Kansas; otros rechazaron mi concepción de la “novela verídica”, decretándola indigna de un escritor “serio”. Norman Mailer la describió como “un fracaso de la imaginación”, queriendo decir, supongo, que un novelista debería escribir sobre algo imaginario y no sobre algo real.
Sí, fue como jugar al poker con apuestas altísimas. Durante seis largos años, en que sentí los nervios desquiciados, no supe si tenía o no un libro. Fueron largos veranos y helados inviernos, pero y seguía firme ante la mesa de juego, jugando la mano lo mejor posible. Luego, resultó que sí tenía un libro.
[...]
Creo que la mayoría de los escritores, incluso los mejores, recargan las tintas. Yo prefiero aligerarlas, usar un estilo simple y cristalino como un arroyo de campo. Descubrí que mi estilo se volvía demasiado denso, que me llevaba tres páginas conseguir efectos que debería lograr en un solo párrafo. Releí A sangre fría y tuve la misma reacción: en muchas partes el estilo no era tan bueno como debería ser, y no liberaba todo el potencial. Lentamente, con una alarma que iba en aumento, volví a leer que nunca, ni una sola vez en mi carrera de escritor, había explotado toda la energía ni toda la excitación estética contenidas en el material. Me di cuenta de que, hasta en las mejores partes, trabajaba con la mitad, e incluso un tercio, de las posibilidades que tenía. ¿Por qué?
La respuesta, que me fue revelada después de meses de meditación, era sencilla pero no muy satisfactoria. No hizo nada, por cierto, para disminuir mi depresión. Por el contrario, la empeoró. La respuesta creaba un problema aparentemente insoluble y, si no podía solucionarlo, mejor era dejar de escribir. El problema era el siguiente: ¿cómo puede un escritor combinar con buen resultado dentro de una sola forma –digamos el cuento- todo lo que sabe de todas las otras formas literarias? Pues a esto se debía el que mi obra estuviera, a menudo, iluminada insuficientemente: el voltaje existía, pero al restringirme a las técnicas de la forma en la que escribía en ese momento, no utilizaba todo lo que sabía del arte de escribir, todo lo que había aprendido de libretos, obras de teatro, reportajes, poesías, cuentos, nouvelles, novelas. Un escritor debía tener a su disposición, sobre su paleta, todos los colores, todas las habilidades para poderlos combinar y, cuando fuera apropiado, aplicar simultáneamente. La pregunta era: ¿cómo?
Retomé Answered Prayers. Descarté un capítulo y volví a escribir tros dos. Mejor, decididamente, mucho mejor. Pero la verdad era que debía volver al jardín de infantes. Allí estaba, otra vez, frente a una mesa de juego, aunque excitado, pues me sentía iluminado por un sol invisible. Aun así, mis primeros experimentos fueron torpes. Me veía como a un niño con una caja de lápices de colores.
Desde el punto de vista técnico, la mayor dificultad que tuve al escribir A sangre fría fue no participar. Por lo general, el periodista tiene que entrar en la obra como personaje, como observador testigo, si es que quiere mantener el libro dentro del plano de lo verosímil. Yo sentía que era esencial, para el tono aparentemente objetivo del libro, que el autor permaneciera ausente. En realidad, en todos mis reportajes, siempre intenté mantenerme lo más invisible que fuera posible.
Ahora, sin embargo, me coloqué en el centro del escenario y empecé a reconstruir, de una manera severa y mínima, conversaciones cotidianas con personas comunes: el encargado de mi edificio, un masajista en el gimnasio, un viejo compañero de escuela, mi dentista. Después de escribir cientos de páginas sencillas, llegué a conseguir un estilo. Había descubierto un marco dentro del cual podía asimilar todo lo que sabía del arte de escribir.
Más tarde, utilizando una versión modificada de esta técnica, escribí una nouvelle verídica (Féretros tallados a mano) y una cantidad de cuentos. El resultado es el presente volumen, Música para camaleones.
¿Cómo ha afectado todo esto al resto de mi obra en preparación, Answered Prayers? Considerablemente. Mientras tanto, heme aquí solo, sumido en mi oscura locura, completamente solo con mi mazo de naipes y, por supuesto, con el látigo que Dios me dio.

domingo, 23 de junio de 2013

Decálogo del buen escritor

De la página de Sinjania, me permito reproducir este decálogo que no contiene más que verdades verdaderas :-)
  1. Un buen escritor es un buen lector. 
  2. Un buen escritor sabe que toda literatura es política. Un buen escritor debe ser capaz de sostener al menos durante un breve lapso una ideología, una visión del mundo, sin por eso convertirse en panfletario. 
  3. Un buen escritor escribe mucho. Escribe siempre. Escribe en cualquier circunstancia. Escribe. Escribe aunque sea tarde, aunque venga el sueño, aunque el cuerpo no pueda más. Escribe con insomnio o después de dormir mucho. De mañana, cuando está todo callado, o muy tarde, cuando también está todo callado. 
  4. Un buen escritor busca la poética adecuada que represente lo que escribe. 
  5. Un buen escritor corrige. Corrige siempre que sea posible. Reescribe. Un buen escritor sabe que el único texto malo es el que no se concluye.
  6. Un buen escritor lleva cuadernos de ideas, blocs con oraciones, papeles escritos en cualquier parte para retener las ideas. Un buen escritor lleva un diario. 
  7. Un buen escritor afina los sentidos. Sabe que la descripción sensorial es la que da robustez a los relatos. Un buen escritor es un buen observador, tiene el oído atento, percibe con atención lo que pasa en una charla, en un encuentro, en los pasos de alguien.
  8. Un buen escritor tiene siempre presente que el lenguaje es su patria. Sabe que definir un lenguaje en el momento de escribir es parte de la columna vertebral de un texto.
  9. Un buen escritor desconfía de los adjetivos. Cuando el adjetivo no da vida, mata.
  10. Un buen escritor busca los procedimientos de las otras artes y los adapta a la literatura. La música, la pintura, el cine, el teatro... están ahí para ayudar a escribir.
 

miércoles, 22 de mayo de 2013

5 Key Book Publishing Paths

Interesantísimo resumen gráfico sobre cinco formas de publicar que he encontrado en el blog de Jane Friedman gracias a Twitter. Lo único que siento es que lo tengo que colgar en su idioma original inglés ;-)


sábado, 11 de mayo de 2013

Doce recursos para escribir microrrelatos



Recurso # 1. Transgresión de géneros. Una de las características del microrrelato es que es «proteico», a decir de Violeta Rojo, o sea, que salta las barreras genéricas tradicionales entre la narrativa, la poesía y a veces el ensayo.
Recurso # 2. Sorprender al lector con una lógica inesperada.
Recurso # 3. Realizar un cambio sorpresivo de contexto. A veces se crea una expectativa, tratando de despistar al lector.
Recurso # 4. Contrastar presente y pasado. Ayuda en este recurso hacer referencia a personajes conocidos.
Recurso # 5. Concretización de una metáfora o dicho popular.
Recurso # 6. Escamotear el significado de una frase hecha.
Recurso # 7. Utilizar un formato popular, no literario. Un formato moderno al que recurre el microrrelato con frecuencia es el anuncio clasificado.
Recurso # 8. Utilizar una lógica desviada. Puede llevar a una paradoja o al absurdo.
Recurso # 9. Hacer falsas atribuciones. Este recurso fue utilizado frecuentemente por Jorge Luis Borges, antes de que su superchería fuera descubierta. Marco Denevi tiene un grupo de minificciones muy sutiles atribuidas a Leopoldo Garnerius en Aphorismata (Róterdam, 1720). El título de su colección, Falsificaciones, nos avisa debidamente.
Recurso # 10. Hacer uso de la ironía. Este recurso consiste en decir lo contrario de lo que se quiere significar, lo que el lector deberá captar.
Recurso # 11. Desacralización de personajes conocidos. Hay algo de burla en esta intertextualidad.
Recurso # 12. Crear una perspectiva infrecuente o única. Este es uno de los recursos favoritos de los microrrelatistas. Su propósito parece ser hacernos ver el mundo desde otro ángulo.

jueves, 2 de mayo de 2013

¿Qué hace que un texto sea inolvidable? Seis autores nos responden


Rubi Guerra:
“Después de mucho pensarlo, creo que no hay una respuesta sencilla a esta pregunta. Las razones por las cuales un libro se hace inolvidable pueden ser tan variadas como lectores haya. No existe un solo tipo de lector, ni un solo tipo de razones por las cuales disfrutamos un libro. Siendo así, sólo puedo responder qué ha hecho inolvidables para mí ciertos libros. Y aún así la respuesta no será clara.
Hay libros que en un momento de mi vida se han dirigido a mí directamente. En sus reflexiones o en sus recreaciones ficcionales he creído encontrar una respuesta a preguntas urgentes, y me he visto en la necesidad de detenerme y pensar en lo que estos libros decían. Son los menos. No es habitual dialogar con los libros, aunque es algo a lo que todo lector aspira.
Otros libros me han mostrado el oscuro corazón humano, las pasiones y pulsiones que nos arrastran, con una clarividencia casi aterradora: la compasión, el miedo, el sexo, la violencia, la soledad.
En fin, otros libros son inolvidables porque me han mostrado, en sus redes de significado, la belleza de la palabra, del ritmo, de los silencios.”

Ángel Gustavo Infante:
“Un texto se hace inolvidable por el lenguaje o por esa cosa aún más extraña llamada “estilo”. Los temas son eternos, lo sabemos, y se repotencian en su manufactura, que es una suerte de combinación feliz entre el decir, el saber decir y el cómo decir. Quizá el estilo se halle precisamente ahí, de visita en casa de la vieja retórica; pero el poema o la narración pertenecen al arte, lo sabemos, son objetos artísticos que queremos perfectos. De allí la insistencia con esa materia inasible: la palabra. Lo demás viene dado por la cantidad de vida que puede ser transmitida —o contagiada— en la medida en que el autor deja de ser el mismo para convertirse en otros.”

José Luis Palacios:
“Un texto me atrapa si tiene dos ingredientes quintaesenciales: uno, que cuente una historia interesante, y dos, que la narración sea un reto para el lector, que haya un guiño del autor hacia el lector, bien sea porque es éste último quien debe completar la historia, o porque hay giros y convoluciones en los tiempos y en las personas narradoras que tengan la virtud de sorprenderte. Pienso en arquetipos del pasado como “La mano junto al muro”, la mejor historia de burdeles de nuestra narrativa, o “La noche boca arriba” de Cortázar, donde el segundo ingrediente quizás opaca al primero, y pienso también en narrativa contemporánea como la de T. Coraghessan Boyle, de quien acabo de leer un cuento publicado en 2004, donde el protagonista se gana en una apuesta de bar una rara especie de felino africano que debe mantener vivo en un pequeño apartamento, y a pesar de que acá quizás el primer ingrediente es más fuerte que el segundo, ambos están presentes, se equilibran y te hacen pensar: caramba, me gustaría escribir algo así.”

María Celina Nuñez
“En mi opinión, lo que hace que un cuento (o cualquier otra forma de manifestación artística) sea inolvidable es que la historia narrada sea el vehículo de una gran metáfora sobre la existencia humana. Es ese sentido último lo que le da trascendencia.”

Juan Carlos Chirinos
“Ya querría conocer un par de esas virtudes para usarlas en lo que escribo…
Puedo decir que en el camino de lector que uno emprende casi sin querer, el primer texto, por serlo, queda grabado con delicadeza y ternura. En mi caso fue Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, un texto que me gustó hasta la sorpresa cuando lo leí —llegó a mí a los siete años por una feliz casualidad en medio de una hepatitis, y gracias a mi maestra de primer grado, que le puso “Platero” a nuestro salón de clase; y para que no nos perdiéramos en el recreo, pegó en la entrada un burrito blanco y sonriente—. Ahora me rehúso a volver a él porque me da miedo descubrir que se trata de una cursilería máxima. Prefiero conservar esa imagen primigenia, en el cuarto de mis padres, leyéndolo muy lentamente. Así que el primer texto tiene esta virtud: es la puerta hacia el mundo de la lectura, y eso hay que agradecerlo.
Pero los textos siguientes, me parece ahora, deben cumplir con otra virtud fundamental: es necesario que el hechizo de la primera vez se repita. Cuando he leído uno de esos libros que me cambian la manera de ver el mundo y la escritura (Percusión, de José Balza, Inventando los días, de Carlos Noguera, Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato, Desgracia, de John Maxwell Coetzee, El sabotaje amoroso, de Amélie Nothomb, Mariana y los comanches, de Ednodio Quintero, o El bosque de la noche, de Djuna Barnes ), tiendo a pensar lo que aprendí de una amiga poeta: “qué suerte tiene el que lea este libro por primera vez”. Creo que más allá de la eufonía, el estilo y la corrección formal; más allá de la temática, el compromiso, y la cosmogonía del mundo, los libros que se nos hacen inolvidables son los que se pegan a nuestra piel mostrándonos que no todo era como lo esperábamos y que el autor de ese texto supo también encerrar parte de nuestra esencia en su obra.
Y eso nada más. Una cosa fácil.”

Jorge Gómez Jiménez
“Empecemos por descartar lo que me parece olvidable. En primer lugar, los cuentos mal escritos, entendiendo por tales aquellos en los que las situaciones se resuelven de manera pueril. En segundo, los que atienden a modas o a estrategias prefabricadas, como esos cuentos en que al final el protagonista descubre que todo ha sido un sueño, así como casi todos los cuentos con un final que pretende ser sorprendente. En tercero, los cuentos que están bien escritos y no se cuadran en moda alguna, pero están hechos con una intención evidentemente apabullante, como si su autor pretendiera decirme que maneja mejor que yo el tema. Y, en cuarto, los que quieren darme enseñanzas de naturaleza moral. Así, un cuento inolvidable me sorprende, pero no insultando mi inteligencia sino estimulándola. Indudablemente tiene que estar bien escrito, tanto que el lenguaje se convierta en un personaje más, y en tanto más corpóreo es el lenguaje, menos posibilidades hay de que olvide ese cuento. Ni siquiera exijo de un cuento que me diga algo nuevo, pero sí que lo que vaya a decirme esté escrito de una manera que me parezca no haberlo leído nunca antes.”

Extraído de http://ficcionbreve.org

domingo, 24 de marzo de 2013

El testamento literario de Ítalo Calvino


Ítalo Calvino (1923-1985) fue uno de los escritores italianos más importantes del siglo XX. Invitado por la Universidad de Harvard, en 1984, programó un ciclo de seis conferencias, de las cuales sólo llegó a escribir cinco, porque lo sorprendió la muerte el 19 de septiembre de 1985.
Estas propuestas, que se publicaron después de su muerte en el libro: Seis propuestas para el próximo milenio, contienen los seis rasgos que, en su opinión, debería poseer la literatura del siglo XXI. De este modo poseemos las claves para entender la concepción de la literatura y el mundo por parte de un autor único como fue Ítalo Calvino.

Éstas son las cinco propuestas que dejó escritas:

1. Levedad o lightness: según Calvino un texto leve es aquel que se desliza fácilmente, en función del peso del lenguaje, en función de la metáfora y de las relaciones entre fantasía y realidad.

2. Rapidez o quickness; allí Calvino explica que existe un vínculo verbal que crea cadenas de acontecimientos.  Los simbolismos de los objetos dentro de la narración se vuelven mágicos imanes y la economía del lenguaje es esencial para que el relato no se convierta en una sucesión de palabras sin significado; además de que la narración debe tener un ritmo propio para mantener la atención del lector. Ser rápido, no obstante, no significa precipitarse, sino ser preciso. Festina lente, apresúrate despacio, es el lema de Calvino.

3. Exactitud o accuracy esto quiere decir que el escritor debe que tener bien definido de qué quiere hablar en un texto y también será necesaria la capacidad de evocar imágenes nítidas y memorables a través de un lenguaje preciso como expresión de los matices del pensamiento y de la imaginación. En literatura, pese a la creencia popular, el concepto de exactitud no es distinto al de la ciencia. La búsqueda de le mot juste no es sólo un sibaritismo estilístico, es la piedra de toque de todo el edificio literario. Hay una imagen esperando despertar en la imaginación de cualquiera de nosotros y el cometido del escritor es hallar la clave correcta, el orden preciso, las combinatorias adecuadas y la extensión idónea para que lenguaje e idea se fundan en una sola cosa.

4. Visibilidad: que el escritor pueda imaginarse visualmente todo aquello que su personaje ve o cree ver, así como el contenido visual de las metáforas que utilice. Para Calvino, la imagen es la comunicación con el alma del mundo, como lo plantea ya Platón desde el Mito de la caverna.  Pero se plantea al mismo tiempo el lugar común de las imágenes en el siglo próximo y propone reciclar las imágenes sobre un nuevo contexto que les cambie el significado o hacer un vacío para volver a empezar desde cero. Y explica que el “post-modernismo puede considerarse la tendencia a hacer un uso irónico de lo imaginario de los mass media, o bien la tendencia  a utilizar el gusto por lo maravilloso heredado de la tradición literaria en mecanismos narrativos que acentúen su extrañamiento.”

5.  Multiplicidad: en la que Calvino se refiere al tejido de diversos saberes científicos y los diversos códigos  en una visión plural y facetada del mundo.  Porque el mundo de hoy tiene tantas lecturas como nunca antes. Y se pregunta: “¿qué somos, qué es cada uno de nosotros sino una combinatoria de experiencias, de informaciones, de lecturas, de imaginaciones?  Cada vida es una enciclopedia, una biblioteca, un muestrario de estilos donde todo se puede mezclar continuamente y reordenar de todas las formas posibles.”(Calvino, 1997)

6- Consistencia. Así se habría llamado la sexta propuesta, tal y como garabateó en su borrador. Queda a nuestro análisis intentar desentrañar lo que nos quiso transmitir.

Fuentes: Papel en blanco, Talleres UACM



domingo, 17 de febrero de 2013

Saramago y la inspiración

Extraído de una entrevista hecha al autor en diciembre de 2006:

-¿Hay inspiración en José Saramago?
-Eso de la inspiración no vale nada, porque no sabemos lo que es. En segundo lugar, no sabemos de dónde viene. Y tercero, no la tenemos, aunque nosotros podamos decir: “esto tuvo una inspiración”, pero eso tendríamos que definirlo. Lo que tenemos es una palabra y nada más; por lo tanto, lo mejor es considerar que escribir es un trabajo.

-Entonces, ¿cómo hace?
-Mis trabajos no nacen de una idea en la que me siento a pensar en el tema que voy a escribir. Todas nacen de lo que pudiera llamarse una iluminación súbita. En el caso de Ensayo sobre la ceguera, se lo voy a contar: Yo estaba en un restaurante, esperando la comida, y allí, de forma súbita, se me plantea esta cuestión de la vida: ¿si todos fuéramos ciegos? Y a la pregunta, yo he dado la respuesta: ¡pero si todos nosotros somos ciegos! Estamos como los ciegos, y para mostrarlo, ahora hay que escribirlo.

La entrevista completa se encuentra aquí.

Por mi parte, de acuerdo al 100%. La inspiración siempre nos encuentra trabajando, como decía Picasso.

miércoles, 30 de enero de 2013

Cuentos y Haruki Murakami


"Por decirlo de la forma más sencilla posible, para mí escribir novelas es un reto, escribir cuentos es un placer. Si escribir novelas es como plantar un bosque, entonces escribir cuentos se parece más a plantar un jardín. Los dos procesos se complementan y crean un paisaje completo que atesora. El follaje verde de los árboles proyecta una sombra agradable sobre la tierra, y el viento hace crujir las hojas, que a veces están teñidas de oro brillante. Mientras tanto, en el jardín aparecen yemas en las flores y los pétalos de colores atraen a las abejas y a las mariposas, y ello nos recuerda la sutil transición de una estación a la siguiente.
Desde el comienzo de mi carrera de escritor de obras de ficción en 1979 he alternado con bastante constancia entre escribir novelas y escribir cuentos. Mi pauta ha sido ésta: una vez termino una novela, siento el deseo de escribir algunos cuentos; una vez he hecho un grupo de cuentos, entonces me entran ganas de concentrarme en una novela. Nunca escribo cuentos mientras estoy escribiendo una novela, y nunca escribo una novela mientras estoy trabajando en unos cuentos.
Bien puede ser que los dos tipos de género hagan funcionar partes distintas del cerebro y se necesite cierto tiempo para pasar de uno a otro.
[...]
Uno de los placeres de escribir cuentos es que no se tarda tanto tiempo en terminarlos. Generalmente me lleva alrededor de una semana dar a un cuento una forma presentable (aunque las correcciones pueden ser interminables). No es como la total entrega física y mental que se requiere durante el año o los dos años que tardas en redactar una novela. Entras en una habitación, terminas tu trabajo y sales. Eso es todo. Para mí, al menos, escribir una novela puede parecer una tarea que nunca acaba y a veces me pregunto si voy a salir vivo del empeño. Así que encuentro que escribir cuentos es un cambio de ritmo necesario.

Otra cosa agradable de escribir cuentos es que puedes crear un argumento a partir de los detalles más nimios..., una idea que brota en tu mente, una palabra, una imagen, cualquier cosa. En la mayoría de los casos es como la improvisación en el jazz, y el argumento me lleva a donde a éste le plazca. Y otra cosa buena es que en el caso de los cuentos no tienes que preocuparte por el fracaso. Si la idea no sale como esperabas, te encoges de hombros y te dices que no todas pueden salir bien. Incluso en el caso de maestros del género como F. Scott Fitzgerald y Raymond Carver -hasta en el caso de Antón Chéjov- no todos los cuentos son obras maestras. Para mí esto es un gran consuelo. Puedes aprender de tus errores (dicho de otro modo, aquellos a los que no puedes llamar éxitos totales) y usarlos en el siguiente cuento que escribas. En mi caso, cuando escribo novelas me esfuerzo mucho por aprender de los éxitos y los fracasos que experimento cuando escribo cuentos. En ese sentido, para mí el cuento es una especie de laboratorio experimental como novelista. Es difícil hacer experimentos como a mí me gusta dentro del marco de una novela, de modo que sé que, sin cuentos, la tarea de escribir novelas resultaría aún más difícil y exigente.
Me considero esencialmente novelista, pero muchas personas me dicen que prefieren mis cuentos a mis novelas.
Eso no me preocupa y no intento convencerlas de lo contrario. De hecho, me gusta que me lo digan. Mis cuentos son como sombras delicadas que he puesto en el mundo, huellas borrosas que han dejado mis pies. Recuerdo con exactitud dónde puse cada uno de ellos y cómo me sentí en aquel momento. Los cuentos son como postes que indican el camino para llegar a mi corazón, y me siento feliz, como escritor, de poder compartir estos sentimientos íntimos con mis lectores." 

Extraído de " Sauce ciego, mujer dormida", Haruki Murakami

miércoles, 16 de enero de 2013

Cada día, unas letras. Propósito para mi blog de relatos.

Buenos días a todos:

Sólo quiero compartir con vosotros mi propósito de publicar un post diario en mi blog de relatos con un microrrelato, relato o poesía, que he comenzado esta semana.

Estáis invitados a leerlos en La Posada de los Vientos.

Espero que esta idea me ayude a recuperar el ritmo de escritura. :)