jueves, 2 de mayo de 2013

¿Qué hace que un texto sea inolvidable? Seis autores nos responden


Rubi Guerra:
“Después de mucho pensarlo, creo que no hay una respuesta sencilla a esta pregunta. Las razones por las cuales un libro se hace inolvidable pueden ser tan variadas como lectores haya. No existe un solo tipo de lector, ni un solo tipo de razones por las cuales disfrutamos un libro. Siendo así, sólo puedo responder qué ha hecho inolvidables para mí ciertos libros. Y aún así la respuesta no será clara.
Hay libros que en un momento de mi vida se han dirigido a mí directamente. En sus reflexiones o en sus recreaciones ficcionales he creído encontrar una respuesta a preguntas urgentes, y me he visto en la necesidad de detenerme y pensar en lo que estos libros decían. Son los menos. No es habitual dialogar con los libros, aunque es algo a lo que todo lector aspira.
Otros libros me han mostrado el oscuro corazón humano, las pasiones y pulsiones que nos arrastran, con una clarividencia casi aterradora: la compasión, el miedo, el sexo, la violencia, la soledad.
En fin, otros libros son inolvidables porque me han mostrado, en sus redes de significado, la belleza de la palabra, del ritmo, de los silencios.”

Ángel Gustavo Infante:
“Un texto se hace inolvidable por el lenguaje o por esa cosa aún más extraña llamada “estilo”. Los temas son eternos, lo sabemos, y se repotencian en su manufactura, que es una suerte de combinación feliz entre el decir, el saber decir y el cómo decir. Quizá el estilo se halle precisamente ahí, de visita en casa de la vieja retórica; pero el poema o la narración pertenecen al arte, lo sabemos, son objetos artísticos que queremos perfectos. De allí la insistencia con esa materia inasible: la palabra. Lo demás viene dado por la cantidad de vida que puede ser transmitida —o contagiada— en la medida en que el autor deja de ser el mismo para convertirse en otros.”

José Luis Palacios:
“Un texto me atrapa si tiene dos ingredientes quintaesenciales: uno, que cuente una historia interesante, y dos, que la narración sea un reto para el lector, que haya un guiño del autor hacia el lector, bien sea porque es éste último quien debe completar la historia, o porque hay giros y convoluciones en los tiempos y en las personas narradoras que tengan la virtud de sorprenderte. Pienso en arquetipos del pasado como “La mano junto al muro”, la mejor historia de burdeles de nuestra narrativa, o “La noche boca arriba” de Cortázar, donde el segundo ingrediente quizás opaca al primero, y pienso también en narrativa contemporánea como la de T. Coraghessan Boyle, de quien acabo de leer un cuento publicado en 2004, donde el protagonista se gana en una apuesta de bar una rara especie de felino africano que debe mantener vivo en un pequeño apartamento, y a pesar de que acá quizás el primer ingrediente es más fuerte que el segundo, ambos están presentes, se equilibran y te hacen pensar: caramba, me gustaría escribir algo así.”

María Celina Nuñez
“En mi opinión, lo que hace que un cuento (o cualquier otra forma de manifestación artística) sea inolvidable es que la historia narrada sea el vehículo de una gran metáfora sobre la existencia humana. Es ese sentido último lo que le da trascendencia.”

Juan Carlos Chirinos
“Ya querría conocer un par de esas virtudes para usarlas en lo que escribo…
Puedo decir que en el camino de lector que uno emprende casi sin querer, el primer texto, por serlo, queda grabado con delicadeza y ternura. En mi caso fue Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, un texto que me gustó hasta la sorpresa cuando lo leí —llegó a mí a los siete años por una feliz casualidad en medio de una hepatitis, y gracias a mi maestra de primer grado, que le puso “Platero” a nuestro salón de clase; y para que no nos perdiéramos en el recreo, pegó en la entrada un burrito blanco y sonriente—. Ahora me rehúso a volver a él porque me da miedo descubrir que se trata de una cursilería máxima. Prefiero conservar esa imagen primigenia, en el cuarto de mis padres, leyéndolo muy lentamente. Así que el primer texto tiene esta virtud: es la puerta hacia el mundo de la lectura, y eso hay que agradecerlo.
Pero los textos siguientes, me parece ahora, deben cumplir con otra virtud fundamental: es necesario que el hechizo de la primera vez se repita. Cuando he leído uno de esos libros que me cambian la manera de ver el mundo y la escritura (Percusión, de José Balza, Inventando los días, de Carlos Noguera, Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato, Desgracia, de John Maxwell Coetzee, El sabotaje amoroso, de Amélie Nothomb, Mariana y los comanches, de Ednodio Quintero, o El bosque de la noche, de Djuna Barnes ), tiendo a pensar lo que aprendí de una amiga poeta: “qué suerte tiene el que lea este libro por primera vez”. Creo que más allá de la eufonía, el estilo y la corrección formal; más allá de la temática, el compromiso, y la cosmogonía del mundo, los libros que se nos hacen inolvidables son los que se pegan a nuestra piel mostrándonos que no todo era como lo esperábamos y que el autor de ese texto supo también encerrar parte de nuestra esencia en su obra.
Y eso nada más. Una cosa fácil.”

Jorge Gómez Jiménez
“Empecemos por descartar lo que me parece olvidable. En primer lugar, los cuentos mal escritos, entendiendo por tales aquellos en los que las situaciones se resuelven de manera pueril. En segundo, los que atienden a modas o a estrategias prefabricadas, como esos cuentos en que al final el protagonista descubre que todo ha sido un sueño, así como casi todos los cuentos con un final que pretende ser sorprendente. En tercero, los cuentos que están bien escritos y no se cuadran en moda alguna, pero están hechos con una intención evidentemente apabullante, como si su autor pretendiera decirme que maneja mejor que yo el tema. Y, en cuarto, los que quieren darme enseñanzas de naturaleza moral. Así, un cuento inolvidable me sorprende, pero no insultando mi inteligencia sino estimulándola. Indudablemente tiene que estar bien escrito, tanto que el lenguaje se convierta en un personaje más, y en tanto más corpóreo es el lenguaje, menos posibilidades hay de que olvide ese cuento. Ni siquiera exijo de un cuento que me diga algo nuevo, pero sí que lo que vaya a decirme esté escrito de una manera que me parezca no haberlo leído nunca antes.”

Extraído de http://ficcionbreve.org

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